El miércoles pasado fue mi cumpleaños. El mejor regalo, cenar con tres princesas que tenían vivos sus sueños, como el adolescente que se acaba de enamorar. El principio seguro que no suena jurídico, pero la historia tiene que llegar en esta ocasión más allá, donde se mezcla lo jurídico, lo económico, lo social y lo más importante: el valor humano y sus sueños.
Por la noche fuimos a cenar con el primo de mi mujer, que estaba acompañado por las tres princesas que ponen rostro a muchas personas que están en la misma situación y que quitan la máscara tras la que se esconde una administración que solo se preocupa de cubrir sus espaldas, mientras nosotros somos desconocedores de la realidad salvo que convivamos con ella.
La página del Gobierno de Castilla-La Mancha, en su apartado de asuntos sociales, define "Acogimiento residencial" como "una medida de protección destinada a aquellos menores que no pueden permanecer en sus hogares, mediante la cual se les proporciona un lugar de residencia y convivencia que cumpla con el cometido de una adecuada satisfacción de las necesidades de protección, educación y desarrollo. El programa de Acogimiento residencial va dirigido a los menores de 18 años que se encuentran en una situación de desamparo o grave riesgo de cualquier forma de maltrato, o cuyas familias no pueden atender sus necesidades básicas de forma temporal, precisando por tanto de una medida de protección que garantiza su desarrollo personal y su integración social y familiar desde la promoción y defensa delos derechos de los menores".
Mis princesas, que forman parte de este programa, disfrutaban de tres días en la playa como premio por sus buenas notas. Este viaje no es un premio de la Administración, sino de los monitores. Uno de ellos, aprovechando un apartamento familiar en la costa de uno de los monitores, acompañado de su mujer e hijo las llevó a disfrutar de ese sol y playa que identifica la marca España, hoy tan de moda. Cenamos con ellas y pude interesarme por sus sueños, sus esperanzas y su ansia de poder cumplir esa vida digna que pregona nuestra Carta Magna de 1978 en su Art. 10. Ese fue el momento en el que tuve la suerte de poder conocerlas e hizo que al día siguiente, al soplar la vela de mi tarta, me acordara de ellas a la hora de pedir el deseo.
Mis princesas eran tres, con edades comprendidas entre los 12 y los 14 años. Lo mejor de todo fue conocer, por medio de mis preguntas, aquello que esperaban y sentían. Lo peor, conocer la realidad de boca del monitor, una realidad que me puso los pies en la tierra y que se reduce al desamparo que sufren personas como ellas por parte de una Administración cuando cumplen los dieciocho años. De ellas pude reconocer y recordar el brillo en los ojos que ilumina una cara al hablar de un amor prematuro, la ilusión de un futuro construido sobre unos estudios universitarios que truncará una Ley de Educación, que quita becas y segrega a estudiantes por su falta de recursos económicos, el amor a lo efímero y pasajero, el mutismo de una vida llena de trabas que cimientan con la alegría de conseguir una vida mejor y una sonrisa en esas tres bellezas que me costará mucho olvidar.
Del monitor, que miraba de un lado a otro constantemente para no perderlas de vista, conocí la realidad de un Estado, mal llamado del bienestar, que da la espalda a aquellos que más lo necesitan, el pago que nunca llega a unas asociaciones que acumulan retrasos de dos trimestres, el amor de unos monitores que, pese a no cobrar por culpa de la Administración, dan cariño a esos niños como el que podrían dar a sus hijos. Con una salvedad. A sus hijos, cuando cumplan los dieciocho años les seguirán cobijando, mientras ven cómo los gobernantes se deshacen de sus otros niños, dejándoles en la calle, sin otra ayuda que aquella que puedan conseguir unos de otros.
Quiero compartir este enlace con vosotros, que pone en boca de afectados ese desamparo que están fomentando Gobiernos como el de Castilla-La Mancha, dejando a estos jóvenes abandonados, cerrando pisos tutelados para mayores de dieciocho y privándoles de unas ayudas que, aunque escasas, les servían para encauzar una vida digna. El 31 de diciembre dejaron de disfrutar de estas ayudas.
Son muchos los jóvenes que se encuentran en esta situación y que son mudos en un país donde la corrupción política, bancaria y de las grandes riquezas son capaces de ocupar horas enteras en la parrilla televisiva. Cometen los Gobiernos muchas barbaridades con la población, pero nunca deberían poner una lápida tan pesada sobre personas que no tienen otra cosa que sus ganas de vivir y que no les permitirá levantarse nunca.
El Estado pone en las manos de estos niños una caña de pescar. Trata de enseñarles las mejores técnicas por medio de grandes profesionales. Pueden llegar a ser los mejores con un poco de esfuerzo, pero al cumplir la mayoría de edad estipulada por Ley, y antes de llegar a ser pescadores, les arrebata la caña, los peces y les aleja del mar.
David Mateos Martínez.
Abogado en Mateos y Marco Abogados.